Caprichos es la palabra que la directora de la Fundación Arquitectura y Sociedad aplicó −durante el marco del reciente congreso «Arquitectura Necesaria» organizado por dicha fundación− a todas esas «obras llamativas y espectaculares que brotaron en España» (durante el reciente periodo de bonanza económica, se sobreentiende). El uso de tal término no tendría nada de reprochable si no fuera porque el director del congreso, Luís Fernández-Galiano, fue una de las figuras que con más intenso ahínco apoyó y difundió la construcción de dichos caprichos cuando los tiempos eran favorables a estos. Por ello, al asistir ahora a tal afirmación uno no sabe, de entrada, si se encuentra ante un sarcasmo o si bien uno se ha perdido algún acontecimiento, sucedido en el interludio, en el que se encuentre la justificación para este extremo cambio de perspectiva.
Es cuando Dominique Perrault presenta su ponencia y, sin rubor alguno, soslaya descaradamente su principal obra en España (La Caja Mágica en Madrid) y presenta un discurso que sitúa su obra dentro de la definición de lo necesario, cuando la confusión ante esa disyuntiva gradualmente se disipa.
De cualquier modo, pese a esta introducción y antes de seguir adelante en este texto, no voy a falsear cuál era en realidad la opinión con la que llegué como asistente a este congreso. No fue tanto desconcertante o sorprendente como pasmante el volver a confirmar una vez más que estaba asistiendo a un nuevo episodio o ceremonia de corroboración de un descarado caso de transfuguismo o travestismo ideológico con la figura de Luís Fernández-Galiano como eje.
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